Desde un lugar del desgraciadamente extinto del imperio otomano, dejaré por breves instantes mi sumisión a los placeres terrenales para contestar a vuestras preguntas. Sí, a las vuestras. ¿Conocéis Formspring? Es un DAG, dispositivo de aumento de ego, que resulta conveniente para tareas mundanas tales como éstas. Allí estaré.
Nada más lejos de lo glamouroso que pensar en el erotismo como una cadena de producción de orgasmos, que suena a fábrica, queridos, a fraguas y a manos grasientas. No, no es así, amigas y amigos.
Pero no hay lujo y glamour sin sensualidad, sin que el fin último sea la estimulación de los sentidos y esa pequeña muerte que, irremediablemente, nos acerca a nuestro pasado como simples perpetuadores de la especie. Así que, para qué vamos a engañarnos, amadísimos y amantísimos, ahí también estamos nosotros. Pero nos diferenciamos de vosotros comentaristas (dicho desde el cariño) y de los wosers en los medios en los fines. Y como el principal órgano sexual es el cerebro, ahí os dejo para que imaginéis cuáles son esos medios y esos fines. Que el lujo y glamour riman con discreción. Agur.
¿Qué tienen, pues, queridos amigos? Pues que, para empezar, son una actividad que separa al común de los mortales de los que viven, respiran y transpiran lujo y glamour.
Sí, queridos amigos. Comentaristas todos, Borja amigo, ¿habéis estado alguna vez en una subasta? No, tute subastado no cuenta. La lonja del pescado tampoco. No, ¿verdad?
Poned en una fila a personas normales junto con un billonario. Poned también a un woser. El normal nunca habrá estado en una. Habrá comprado un videojuego de segunda mano en eBay. El woser se habrá puesto sus mejores ropas de woser y habrá ido a Christie’s o Sotheby’s.
Quien es rico, pero rico de verdad, habrá visto un objeto único, algo que, en el momento que esté en su posesión, no puede estar en la de ningún otro ser vivo, algo que no sólo necesita dinero, cantidades obscenas, para ser comprado, sino que te define, te crea, te individualiza. Y pagará doscientos millones de coronas noruegas por un guardapelo con cabello de Gandhi, sin preguntar siquiera su procedencia.
En el colegio de frailes irlandeses al que asistí en mi niñez me explicaron que el agua era incolora, inodora e insípida. Hasta que uno contempla el agua del grifo en las Bahamas y se da cuenta que puede ser no sólo odora, sino también sólida y con todos los colores del arcoiris simultáneamente. Prefiero no recordarlo, queridos.
En el extremo opuesto, ¿puede ser un lujo beber agua? ¿En qué le incrementa a uno el glamour sostener con la mano derecha un vaso de Bling? ¿La obra maestra del destilador sólo admite cubitos 10 thousand BC?
La respuesta, queridos amigos, es que no. Nada que cueste 35$ la botella puede ser considerado lujoso. Caprichoso, quizás. Exclusivo, puede. Pero de ahí a considerar un lujo algo que no deja de dos bolitas blancas unidas a otra bolita roja en grandes cantidades, va un largo trecho.
Y ni siquiera he mencionado el glamour. Así que caveat emptor
Viena es ciudad de bailes. Y no me refiero a la actividad, sino al evento. Casi todos tienen algo de lujo y glamour, pero el original, el de la Opera, el Opernball, ha perdido mucho desde que dejaron que Paris Hilton asistiera en el año 2007. ¿Que quién es Paris Hilton? Precisamente. Además, lo han convertido en una franquicia, con sucursales en Dubai y en Hong Kong. ¿Qué glamour tiene una franquicia?
El baile de los ricos y orgullosos, ése es al que hay que ir, en el que hay que dejarse ver. Porque quizás ignoráis que los ricos tienen un poco de brasileños y cubanos: tienen el baile en el cuerpo. Otro baile, un baile que exprese lujo y glamour, claro. El vals (pero solo el vienés), la polka, y el estilo cotillón. Que es un estilo, no un sarao de fin de año. Quede claro.
Y esos son los bailes precisamente que se permiten en donde he tenido no diré la suerte, sino el privilegio de asistir. Viendo las filas de mujeres en traje de noche y hombres en chaqué danzar al compás, se diría que son un ejército que desfila tras su campaña victoriosa de conquista del mundo. Un ejército sonriente, como el que nos saludaba desde el otro lado de las puertas. Yo también lo hice cuando era más joven. Lo bueno de las manifestaciones es que puede entrar cualquiera, hasta los ricos. Ahora, con esta edad no, que se pone uno todo perdido de spray, moretones de las pelotas de goma y caca de caballo. Pero con otra, si.
Lo bueno de los bailes exclusivos es que no puede ir cualquiera. Aunque un poco antes de que se revelaran las caras, a eso de la medianoche, vi a una pareja en un estado bastante lamentable tratando de entrar por la fuerza. Eso, simplemente, no se hace. Recordad, queridísimas lectoras y queridos lectores, si no os invitan a una fiesta, ¡no tratéis de colaros!
Y eso es todo, chicos. La próxima, de V a V y tiro porque me toca, Venecia, donde el lujo y el glamour están adobados con cagaditas de paloma.
