Chocolate, chocolate, cuantos pecados se cometen en tu nombre. Hay quien dice que la segunda guerra mundial, en realidad, se debió a la voracidad del cabo austriaco por el chocolate, por eso empezó con el Anschluss (jesús) con Austria, y siguió con Bélgica. También explica la neutralidad de Suiza: al agotarse Austria y Bélgica, fue la única fuente fiable de chocolate de calidad, chocolate al que homenajearon los nazis en sus camisas pardas, que no eran sino color chocolate con leche.
El cabo furriel venido a más quizás comenzó esa afición precisamente aquí, en el hotel Imperial de la capital del imperio austrohúngaro. Que fue uno de los imperios más bonitos y con más glamour que existieron, dicho sea de paso. El imperio español tuvo lo suyo, no voy a negarlo, y el romano también, si no fuera por esos horribles tobillos y pantorrillas, pero, ¡el imperio austrohúngaro! ¡Qué imperio, queridísimas lectoras y queridos lectores!
Y os dejo, porque tengo que conseguir mi dosis, y como la dosis de chocolate nunca se toma en soledad (eso solo lo hacen los que están enganchados, queridos), la compartiré con la archiduquesa Voegler-Coburg-Sachenhaussen. Que es una buena forma de compartir.
