Viena es ciudad de bailes. Y no me refiero a la actividad, sino al evento. Casi todos tienen algo de lujo y glamour, pero el original, el de la Opera, el Opernball, ha perdido mucho desde que dejaron que Paris Hilton asistiera en el año 2007. ¿Que quién es Paris Hilton? Precisamente. Además, lo han convertido en una franquicia, con sucursales en Dubai y en Hong Kong. ¿Qué glamour tiene una franquicia?
El baile de los ricos y orgullosos, ése es al que hay que ir, en el que hay que dejarse ver. Porque quizás ignoráis que los ricos tienen un poco de brasileños y cubanos: tienen el baile en el cuerpo. Otro baile, un baile que exprese lujo y glamour, claro. El vals (pero solo el vienés), la polka, y el estilo cotillón. Que es un estilo, no un sarao de fin de año. Quede claro.
Y esos son los bailes precisamente que se permiten en donde he tenido no diré la suerte, sino el privilegio de asistir. Viendo las filas de mujeres en traje de noche y hombres en chaqué danzar al compás, se diría que son un ejército que desfila tras su campaña victoriosa de conquista del mundo. Un ejército sonriente, como el que nos saludaba desde el otro lado de las puertas. Yo también lo hice cuando era más joven. Lo bueno de las manifestaciones es que puede entrar cualquiera, hasta los ricos. Ahora, con esta edad no, que se pone uno todo perdido de spray, moretones de las pelotas de goma y caca de caballo. Pero con otra, si.
Lo bueno de los bailes exclusivos es que no puede ir cualquiera. Aunque un poco antes de que se revelaran las caras, a eso de la medianoche, vi a una pareja en un estado bastante lamentable tratando de entrar por la fuerza. Eso, simplemente, no se hace. Recordad, queridísimas lectoras y queridos lectores, si no os invitan a una fiesta, ¡no tratéis de colaros!
Y eso es todo, chicos. La próxima, de V a V y tiro porque me toca, Venecia, donde el lujo y el glamour están adobados con cagaditas de paloma.
Austria
Chocolate, chocolate, cuantos pecados se cometen en tu nombre. Hay quien dice que la segunda guerra mundial, en realidad, se debió a la voracidad del cabo austriaco por el chocolate, por eso empezó con el Anschluss (jesús) con Austria, y siguió con Bélgica. También explica la neutralidad de Suiza: al agotarse Austria y Bélgica, fue la única fuente fiable de chocolate de calidad, chocolate al que homenajearon los nazis en sus camisas pardas, que no eran sino color chocolate con leche.
El cabo furriel venido a más quizás comenzó esa afición precisamente aquí, en el hotel Imperial de la capital del imperio austrohúngaro. Que fue uno de los imperios más bonitos y con más glamour que existieron, dicho sea de paso. El imperio español tuvo lo suyo, no voy a negarlo, y el romano también, si no fuera por esos horribles tobillos y pantorrillas, pero, ¡el imperio austrohúngaro! ¡Qué imperio, queridísimas lectoras y queridos lectores!
Y os dejo, porque tengo que conseguir mi dosis, y como la dosis de chocolate nunca se toma en soledad (eso solo lo hacen los que están enganchados, queridos), la compartiré con la archiduquesa Voegler-Coburg-Sachenhaussen. Que es una buena forma de compartir.
Los barcos de los países que no tienen mar están dotados de cierto glamour decadente y pretencioso que los hacen especiales para mi. Austria es uno de esos países, y el barco en el que paseé por el Danubio, de un intenso azul a la altura de Linz, uno de esos barcos. Nada de líneas modernas, nada de 40 nudos o más, nada de eficiencia: lentitud majestuosa, para que cada detalle de los bancos del río, cada abadía, cada castillo, cada embarcadero, cada fábrica que vierte residuos tóxicos, si, también las hay, sean absorbidos por el viajero que, desde las hamacas de la cubierta y vestido con la inevitable gorra marinera (y sin pipa, no soporto la pipa, me hace un perfil espantoso) se toma tranquilamente un vino blanco austriaco y oye música tecno industrial. Porque los valses están bien, pero al cabo del quinto todos te parecen iguales.
