Aunque servidor (no de ustedes, sólo de mi reina) sea presbiteriano por parte de madre, y budista por parte del gap year que se pasó mi padre en la India, hay que reconocer que hablando de lujo y glamour hay pocas lecciones que darle a la Iglesia Católica Apostólica y Francesa. Esas casullas, esos ornamentos sagrados de mesa, esos mantos y esas mitras que pocos, desde entonces, han sido capaces de imitar, y mucho menos igualar en esplendor. Por eso, cuando me llegó a mi correo electrónico (no al vuestro, que es fisj@lujoyglamour.net, donde os espero), una invitación de la orden del Temple para asistir a una misa de desagravio, y precisamente en Paris, decidí cancelar mis planes de ir a las carreras de Ascott y ponerme mis mejores galas, galas que no describiré para que vosotros, gaznápiros malandrines (dicho desde el cariño, que conste), no descubráis quien soy de verdad.
Baste deciros, dilectos parroquianos, que esos cantos, ese frufrú de sotanas, ese glamour de las filas 3, 5 y 8 (concretamente esas, el resto estaban llenas de roosers, para qué voy a mentiros), te elevaban al cielo en brazos de ángeles, y cuando ya estabas en el cielo, te hacían una paradiña en una nube y te volvían a subir. Disfrutamos tanto como el rey francés Philippe cuando mataron al último gran maestre arrancándole pedacitos de carne con una cuchara de postre. O algo de eso, por pudor y dignidad no se comentaron los detalles, pero para eso tenéis la Wikipedia, amiguitos.
Comentando con mis pares a la salida, mientras degustábamos un excelente cassis, todos estuvimos de acuerdo que habría que suprimir alguna que otra orden de caballería, o incluso de infantería, con cierta periodicidad. Incluso sin cucharillas de café. Sólo por lo bonitos que eran los actos de desagravio. De veras.
Francia
Dilectos amigos, hay sitios que ennoblecen a los que los ocupan, pero también sucede al contrario, hay gente que extrae y succiona el lujo de todos los sitios en los que ponen sus demodés Manolo Blahniks. Y me refiero a los roosers, rich loosers, gente que si no fuera rica, sería una perdedora, gente a la que la riqueza no le da glamour, sino que se lo pone por parches, un frankenglamour hecho de trozos de cadáveres de víctimas de la moda y desechos de las mesas de los ricos y verdaderamente glamourosos.
Uno de esos sitios es L’Arpège. Ni siquiera me atreví a entrar. ¿Qué creéis que se puede hacer con un sitio que admite a gente que todavía usa bolsos de Miu Miu? ¡Hasta una camiseta de Custo! (mirad la foto número dos). Un sitio mancillado de esa forma no merece ser ennoblecido por un Ickles-Saint John, incluso los caballerizos de mi estirpe se habrían revuelto en su tumba. ¿Os he hablado alguna vez de mis caballerizos?
Saludos, copains en el lujo y el glamour, a bientôt, a tout a l’heure, et au revoir.
Una vez bajé a una cueva en Polonia. 100 metros bajo la superficie. ¿Sabéis que encontré allí? Silencio.
El lujo consiste en crear una serie de capas entre ti y el mundo, capas que te aíslan y te independizan de lo que sucede ahí fuera. Le Meurice ha logrado crear esa atmósfera de lujo haciendo que la suite en la que yo duermo sea tan silenciosa como la cueva en Polonia en la que estuve. Podría estar flotando en el fondo del mar, navegando por las estrellas, en el vientre materno (si la madre estuviera en un sitio silencioso, claro).
La temperatura, los suaves aromas de la cama, la música relajante, los servicios extra que ofrece el hotel, todo contribuye a que duermas lo que necesites, cuando lo necesites.
Además, me han cambiado el teclado por uno español. Les ha llegado esta mañana en el avión de Barajas.
Calificación provisional: 4.5 puntos. Y subiendo.
En mi próxima crónica subiré fotos. Adiós, queridos.
No os diré, queridos amigos del lujo y glamour, que la mejor forma de apreciar una ciudad es desde el techo de una limusina, porque lo cierto es que los helicópteros suelen ser bastante mejores. Pero desde él puedes apreciarla sin posible contaminación de las merdes de chiens que mancillan las aceras, si le dices a la conductora que te lleve lentamente por los bulevares, como se entra y se sale de las nubes evanescentes de perfume, de los efímeros efluvios de pan recién hecho, de la breve e intensa dulzura de los crêpes. ¿Eso es lujo, os pregunto? Lo es si eres capaz de apreciarlo, y sobre todo si tienes la posibilidad de comprar todas y cada una de las cosas que llegan a alcanzar tu pituitaria.
El Hotel Le Meurice, cuyo botones me abrió la puerta de la limusina en realidad, huele un poco a polvos de talco y a algo indescriptible que puede que sea historia. O al betún que usaban en las botas los nazis que lo ocuparon durante esa indescriptible guerra mundial. Todavía no han logrado quitarlo del todo. Quizás es que no quieran.
Os escribo desde el portátil que incluía mi suite, pero siento no poder seguir con vosotros, porque tengo cita en la sauna y luego con las masqjistas. Afectuosos sqludos de vuestro Freddy.
