No cabe duda de que últimamente el lujo y el glamour transita por caminos que, puestos a pensarlo, no tiene nada de ello, pero tampoco debe caberos la menor duda de que lo ha hecho así toda la vida. Dijo Hipócrates que las papilas gustativas aprovechaban para llegar al cerebro los mismos caminos por los que pasaban los procedentes de las partes pudendas, y bien dicho está. Los alimentos que son un placer para la vista, el tacto, el gusto y, siéndolo, favorecen el placer en los restantes son la quintaesencia del lujo.
Por eso una buena comida puede costar tanto como el retrovisor de un Lamborghini, y más aún si incluye lo exótico. Porque casi toda la comida es de una vulgaridad espantosa: en su mayoría, procede de algún tipo de ser vivo. Plantas, animales, hongos, bacterias… también las vacas comen seres vivos, inocentes briznas de hierba que se agitan, sin meterse con nadie, en prados soleados.
Pero de las mismas plantas podemos aprender que no son esos los únicos alimentos. Picantes nitratos, óxidos salados, ¡la sal! Porque la sal es un mineral, dilectos lectores. Y la sal no engorda. ¿Y cuántos más minerales podremos encontrar que conviertan una comida en algo exclusivo? Esos fetuccini a la pechblenda, ensalada con aceite de olivina, dieta mediterránea por antonomasia, sorbete de Mercurio, plateado y refulgente, milhojas de Litio en un lecho de hemoglobina clorofílica… los puristas rechazan este último por contener moléculas demasiado complejas. Pero ¿a quién le importan las moléculas? A mi no. Como a vosotros no os importará que no os cuente qué bistro contiene en su carta todas estas delicadezas. Dejaría de ser exclusivo. ¿Lo entendéis, verdad?
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January 22, 2011
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