Para emitir glamour, porque el glamour se emite, no se lo pone uno encima, cher amis, hace falta que todas las células de tu cuerpo emitan pulsos al mismo ritmo, y para ello, hay que estar relajado. Se critica de los ricos que siempre están descansando y de vacaciones, pero estáis muy equivocados, amigos: están dedicados al duro trabajo de hacer que sus células se relajen y emitan glamour como un láser glamouroso.
Para eso se viene a Vals (insértese aquí broma inane sobre el baile de la corte austrohúngara), donde un ejército, qué digo ejército, una alianza de las civilizaciones completa lo ataca, maltrata, luego mima, y luego vuelve a maltratar, y al cabo de varias embestidas, te lo deja radiante, afinado como un violonchelo, y listo para convertirse en el faro que atrae a las embarcaciones que buscan el glamour.
Como os digo, es una batalla por desalojar a la Al Qaeda del estrés de los cuévanos de tu cuerpo en los que se han alojado, y en la batalla se necesita una ayuda de campo. Una chica suiza, Annli (no es su verdadero nombre, es Chantal (tampoco lo es, ¿creíais que se me había escapado, dear friends?)) me ayuda en estas tareas, me dirige de una trinchera a otra, e incluso me da un masaje para relajarme de tanto relax. ¿Qué más se puede pedir? Lujo dentro del lujo, en Suiza. Venid cuando podáis.
Los lenguaraces no sólo se han atravido a hacer acusaciones falsas contra nosotros, sino que incluso han publicado un libro que ¡hasta ha recibido un premio! y que comercializa un diarío que no conseguiría ni un notable en una escala periodística de lujo y glamour.
Falacias y coplas de ciegos, queridos lectores. Desde aquí seguiremos ofreciéndonos todo el lujo y glamour que seamos capaces de vislumbrar.
Creo que el batiscafo es uno de los medios de transporte en los que todavía no he posado mis bien llamadas posaderas. Del resto, siempre suelo elegir lo que me lleve con más comodidad, o, en general, en el que me hagan más la pelota. Pero en Suiza, ay amigos, en Suiza hay que viajar en tren y en primera. El lujo no sólo está en los objetos, está en las actitudes y es un lujo saber que si el tren va a salir a las 08.02 lo hará a las 08.02, y si va a llegar a las 12.21, lo hará a las 12.21; el número de vacas que se ven por las ventanillas y el de cumbres nevadas está también garantizado por la dirección, así como el hecho de que en todos los compartimentos se encuentre una princesa rusa exiliada y un asesor financiero.
No os puedo describir el placer que se siente leyendo la prensa económica en un país que nunca sale en la misma, tomando el chocolate que te dejan en el asiento, hecho con cariño a partir de cacao extraído en países a los que también explotan con cariño (y con toda eficiencia), e incluso mirar el Rólex para ver que, efectivamente, has llegado a tu destino a la hora prevista.
Se ve que esa eficiencia tiene un precio, y Suiza es uno de los países que más balnearios y spas tiene por habitante. A uno de ellos me dirijo, precisamente. Desde allí os contaré. Os lo prometo.
Aunque servidor (no de ustedes, sólo de mi reina) sea presbiteriano por parte de madre, y budista por parte del gap year que se pasó mi padre en la India, hay que reconocer que hablando de lujo y glamour hay pocas lecciones que darle a la Iglesia Católica Apostólica y Francesa. Esas casullas, esos ornamentos sagrados de mesa, esos mantos y esas mitras que pocos, desde entonces, han sido capaces de imitar, y mucho menos igualar en esplendor. Por eso, cuando me llegó a mi correo electrónico (no al vuestro, que es fisj@lujoyglamour.net, donde os espero), una invitación de la orden del Temple para asistir a una misa de desagravio, y precisamente en Paris, decidí cancelar mis planes de ir a las carreras de Ascott y ponerme mis mejores galas, galas que no describiré para que vosotros, gaznápiros malandrines (dicho desde el cariño, que conste), no descubráis quien soy de verdad.
Baste deciros, dilectos parroquianos, que esos cantos, ese frufrú de sotanas, ese glamour de las filas 3, 5 y 8 (concretamente esas, el resto estaban llenas de roosers, para qué voy a mentiros), te elevaban al cielo en brazos de ángeles, y cuando ya estabas en el cielo, te hacían una paradiña en una nube y te volvían a subir. Disfrutamos tanto como el rey francés Philippe cuando mataron al último gran maestre arrancándole pedacitos de carne con una cuchara de postre. O algo de eso, por pudor y dignidad no se comentaron los detalles, pero para eso tenéis la Wikipedia, amiguitos.
Comentando con mis pares a la salida, mientras degustábamos un excelente cassis, todos estuvimos de acuerdo que habría que suprimir alguna que otra orden de caballería, o incluso de infantería, con cierta periodicidad. Incluso sin cucharillas de café. Sólo por lo bonitos que eran los actos de desagravio. De veras.
Dilectos amigos, hay sitios que ennoblecen a los que los ocupan, pero también sucede al contrario, hay gente que extrae y succiona el lujo de todos los sitios en los que ponen sus demodés Manolo Blahniks. Y me refiero a los roosers, rich loosers, gente que si no fuera rica, sería una perdedora, gente a la que la riqueza no le da glamour, sino que se lo pone por parches, un frankenglamour hecho de trozos de cadáveres de víctimas de la moda y desechos de las mesas de los ricos y verdaderamente glamourosos.
Uno de esos sitios es L’Arpège. Ni siquiera me atreví a entrar. ¿Qué creéis que se puede hacer con un sitio que admite a gente que todavía usa bolsos de Miu Miu? ¡Hasta una camiseta de Custo! (mirad la foto número dos). Un sitio mancillado de esa forma no merece ser ennoblecido por un Ickles-Saint John, incluso los caballerizos de mi estirpe se habrían revuelto en su tumba. ¿Os he hablado alguna vez de mis caballerizos?
Saludos, copains en el lujo y el glamour, a bientôt, a tout a l’heure, et au revoir.
